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Augurios

No tendría que haberle hablado del perro. Nunca. Por qué lo hice. Ahora cada vez que escucho a ese perro me veo tendida en una cama sonriente, aullando, desnuda, entregada a la vida en un intervalo de ensueño, abierta de par en par. Aullando sonriente. Imitando a un perro desnuda sobre sábanas blancas, con el pelo enmarañado, un nudo tras otro, pelo en hebras, enrojecido de pura pasión. Acomodo un plato en la cocina y el perro aúlla, y el sonido me saca de la vida ordinaria para llevarme a la extraordinaria existencia, esa que no puede sostenerse todo el tiempo, esa que aparece de a ráfagas como una tormenta y nos parte e ilumina y deja a oscuras. Pasar una esponja, apretar un pomo, ver salir una burbuja: eso ayuda, porque ésta flota y avanza sobre el aire sostenida por una magia que se parece a la magia de los cuerpos tomados en aquella cama. La burbuja se parece a la mujer que aúlla y danza, con el pelo suelto enmarañado, vuelto algas en un mar de sábanas. Tengo guantes naranjas: e...

La mujer errante

Una mujer nos esperaba en la puerta, de pie junto al umbral, y sin embargo, no era la dueña de casa.  Su aspecto era errante: una mujer perdida, una niña que ha crecido sin saber cómo y hoy, ya adulta, toca una campana a las puertas, sin saber cómo entrar o salir. Sin saber cómo atravesar el umbral. Sentada desde el auto pienso que  es ella , es Ana . Nunca la vi, pero el relato sobre su entrada a la locura lo escuché muchas veces, incesante, asombrada, con el temor de aquello que nos muerde los talones. El tiempo, la locura, el no saber cómo expandido, llevado a un extremo tal que es un destino, el de alguien que se pierde y llega a las puertas de una casa a tocar las campanas porque eso es lo que sabe, el resto lo ha perdido, detenida o en un movimiento distinto, sobre el umbral. Ese alguien que puede ser uno, siempre. Y entonces el relato se escucha azorado, con un rezo simultáneo y bajo que clama protección, siempre sin saber qué decir, torpe en las palabras, el temor e...

Un juego simple y mágico

Llueve un sábado gris de febrero, y el viento hace entrar por la ventana el sonido hueco de un cubilete detenido en el aire. Adivino o sé: unos dados se agitan en su interior. El sonido inconfundible que viaja por los recovecos instantáneos del recuerdo para decir en voz alta y sin pensar " ¡Generala! " como un canto, y ganar premios. Ser niña otra vez en una vacación menemista del Brasil, rodedada de hermanos, y de mar, inmensa y pequeña en el recuerdo. La mente sinuosa que otra vez no elige en qué pensar, mientras conduce. Nos lleva y nos trae de un sin fin de recuerdos y adivinanzas, y se detiene azarosamente, donde quiere. ¿Dónde quiere quién? "-¡Ah! No todo es humano, pequeña niña inocente"- quien quiera que sea ese quién que es qué, responde, desde dentro de un cubilete donde se agitan los dados, mientras una niña de siete años, agita sus manos en el aire como un truco especial, un hada mágica y minúscula, con uñas nacaradas y rubor de rubí, y por sobretodo: ...

La ofrenda - Futuro

Estoy a la vera del río, ya despojada. Mis pies aún están cubiertos de barro y raíces, barrefondo, lo limpié todo. La piel de mi cuerpo, ya cambiada, encadila de un brillo opaco, amarronado y furioso. Soy un pez que respira entre escamas, una sirena a la vera de un río que canta y que quema; soy un pez sobreexpuesto, cubierto de espinas. Los pies, sirena que soy, no los siento. Intento verlos entre el barro, desde arriba, desde afuera, y abandono la tarea porque sé del tiempo y me sonrojo, me peino las pocas canas que amanecen y me doy tiempo de crecer, de estar lista para mí y para el mundo, me doy tiempo para mí y me sonrojo por todo lo que sé y callo, mientras, lista, me preparo. Mis manos me muestran cuán largo está mi pelo, seco del sol, enmarañado, siempre; embellecido. La coronilla amplificada, secada al sol de los días. Lo escurro como un trapo de seda y vuelvo a estirarlo sin saber: ¿me bañé o no en estas aguas heladas? Sí, me bañé, completa. Me siguieron peces, y sin embar...

Rumbo al sur

Subo al avión. Llegué temprano. Esperé mucho. Me anticipé. Tomé café y me encontró un texto sobre la antimateria: el Amor en un intento de ser explicado por la física cuántica. Todo hoy me hace sentido. Desde la magia, en la sincronía; incluso la ciencia.  Antes de salir de casa doné mis frutas. Dejé un huevo roto en la ventana, en su cantero, sobre el viejo nido de las torcazas. No lo tiré. Lo dejé cumplir su tarea que a mis ojos es: dejarse ver por mí, cada día. Ya habrá tiempo. Y además no estaré en las ventanas. La oruga, en su crisálida, bajo el cielo raso. Al volver, si todo resulta bien, la encontraré vacía, y en su lugar recortado una mariposa ocupará el mundo, lejos de casa. Con ese fin, en la cocina, la ventana quedó abierta, de par en par. Una hoja, para el nacimiento. Son mis tareas sagradas, pequeñas, que me traen de nuevo al mundo real, el de la naturaleza y sus ciclos. Son el milagro de mis ojos, que ven siempre lo que se muestra ante mí, con simpleza. Corrí corti...

El mapa y el camino

Es de noche y no hay tiempo, y yo, lista, me dejo maniobrar como un mapa chico, con las manos. Extender en lo alto las hojas, sobre una superficie plana. Me dejo observar y me deslizo. Soy a la vez mapa, y el camino.  Él me da vuelta, con sus manos, y los ríos se salen de sus cauces, boca abajo, lo inundan todo, lo nutren todo, como a tierra fértil, donde pasan, refrescan y bendicen. Son ríos de agua dulce y mares cristalinos, azules de agua dulce, de agua salada. Un giro más y el norte cambia de sentido. La tierra se rompe, placas tectónicas: se abre un espacio donde antes estaba junto. Se bifurca un espacio. Se abre por completo. Y brotan, simplemente, cosas nuevas. Manantiales, pero también rocas, partidas, puntiagudas, brillantes. Corales. Piedras preciosas. Enceguece mirarlas fijo, llenas de colores. Y el mapa vuelve a girar, y todo cambia, y es océano y bajo él se nada como en una agua profunda que contiene y aprieta apenas, dando una libertad desmesurada. Una inmensidad...

La flor del caos

El más duro relato es el que no se puede contar. Un cofre lo contiene bajo llave, en el barro de un pantano. Mi nombre es de luz, y mi apellido de tierra, y el María –en sombra- me bendice. Uno lo contiene todo dentro, y olvida. Luego lo encuentra afuera, y se sorprende. ¿Y el cofre? Ah, sí, el cofre es imprescindible en esta historia. Contiene los secretos, guardados bajo tierra y, flor de pantano que soy, es mi destino desenterrarlos, para más tarde brillar en pétalos. El fruto es la flor y el canto siempre el mismo: cuánto más desciendo más asciendo en los caminos. Desentierro entonces. El fin de año estaba cerca, con esa cercanía imprecisa que coincide con la constelación de las profundidades, que hornea lo que se ha amasado en forma de destino y desenrolla un largo hilo guardado en un minúsculo rincón, oculto. Enrollado, qué pequeño aparecía. Estirado, lo ven, lo ocupa todo. Es esto lo que ha ocurrido una vez más: un ovillo de oro se ha desenredado dentro de un...