Augurios
No tendría que haberle hablado del perro. Nunca. Por qué lo hice. Ahora cada vez que escucho a ese perro me veo tendida en una cama sonriente, aullando, desnuda, entregada a la vida en un intervalo de ensueño, abierta de par en par. Aullando sonriente. Imitando a un perro desnuda sobre sábanas blancas, con el pelo enmarañado, un nudo tras otro, pelo en hebras, enrojecido de pura pasión. Acomodo un plato en la cocina y el perro aúlla, y el sonido me saca de la vida ordinaria para llevarme a la extraordinaria existencia, esa que no puede sostenerse todo el tiempo, esa que aparece de a ráfagas como una tormenta y nos parte e ilumina y deja a oscuras. Pasar una esponja, apretar un pomo, ver salir una burbuja: eso ayuda, porque ésta flota y avanza sobre el aire sostenida por una magia que se parece a la magia de los cuerpos tomados en aquella cama. La burbuja se parece a la mujer que aúlla y danza, con el pelo suelto enmarañado, vuelto algas en un mar de sábanas. Tengo guantes naranjas: e...