El mapa y el camino

Es de noche y no hay tiempo, y yo, lista, me dejo maniobrar como un mapa chico, con las manos. Extender en lo alto las hojas, sobre una superficie plana. Me dejo observar y me deslizo. Soy a la vez mapa, y el camino. 
Él me da vuelta, con sus manos, y los ríos se salen de sus cauces, boca abajo, lo inundan todo, lo nutren todo, como a tierra fértil, donde pasan, refrescan y bendicen. Son ríos de agua dulce y mares cristalinos, azules de agua dulce, de agua salada.
Un giro más y el norte cambia de sentido. La tierra se rompe, placas tectónicas: se abre un espacio donde antes estaba junto. Se bifurca un espacio. Se abre por completo. Y brotan, simplemente, cosas nuevas. Manantiales, pero también rocas, partidas, puntiagudas, brillantes. Corales. Piedras preciosas. Enceguece mirarlas fijo, llenas de colores. Y el mapa vuelve a girar, y todo cambia, y es océano y bajo él se nada como en una agua profunda que contiene y aprieta apenas, dando una libertad desmesurada. Una inmensidad que no se pregunta jamás por la orilla. Una barca que es mapa, que es norte, que es, definitivamente, el camino. Un cardumen que pasa y lo ilumina todo. Y otra vez, enceguece.
Me mezo ciega en una barca que comparto cuerpo a cuerpo, y de la que no me quiero bajar nunca. El braceo es de lenguas, y suaves gemidos. Y el mapa que se extiende, se agiganta, y muestra selvas, trópicos. Embelesa con bosques y paisajes, frondosos. Trae sombra, aleros, remansos, en el camino. Y vuelve a andar, mapa creciente que comprende todo y no, no se comprende. El sur que muestra es falso. Y el sol asoma en las cuatro puntas, nevadas, donde se vierte un lago sobre un barco pesquero. Entra entero, en la barca, que se mece sin volcar, flota en el lago que fue y ahora es otra cosa, porque nunca permanece, se discurre y cambia, y los peces siguen sin embargo en él nadando. Un cardumen brillante, que lo ilumina todo, y enceguece de este modo: quiero nadar en este océano sin bordes ni límites ciega y rendida al todo que el mapa inútilmente representa, porque el lenguaje nos queda chico, y a la vez nos llena de dios, de dignidad, nos embellece. Queremos nombrar con nombres lo que no los tiene y ahí fallamos, y el mapa de pronto se achica, se agrieta, se dobla por los costados. Queda chico. Trazar distancias. Números. Medir. Poner carteles. Tan humanos, frente a la belleza, la inmensidad. Y, ¿qué otra cosa podríamos hacer? Si estamos ciegos.

El mapa queda abollado en un rincón, y vuelca todo lo que contiene sobre la espesura de una materia más concreta, menos abstracta. La realidad hace de ese mapa algo útil, una herramienta. Se distancia. Se aleja. Para ver. De otra forma, no se ve. Es claro: estamos ciegos.

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