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Mostrando las entradas de enero, 2019

La flor del caos

El más duro relato es el que no se puede contar. Un cofre lo contiene bajo llave, en el barro de un pantano. Mi nombre es de luz, y mi apellido de tierra, y el María –en sombra- me bendice. Uno lo contiene todo dentro, y olvida. Luego lo encuentra afuera, y se sorprende. ¿Y el cofre? Ah, sí, el cofre es imprescindible en esta historia. Contiene los secretos, guardados bajo tierra y, flor de pantano que soy, es mi destino desenterrarlos, para más tarde brillar en pétalos. El fruto es la flor y el canto siempre el mismo: cuánto más desciendo más asciendo en los caminos. Desentierro entonces. El fin de año estaba cerca, con esa cercanía imprecisa que coincide con la constelación de las profundidades, que hornea lo que se ha amasado en forma de destino y desenrolla un largo hilo guardado en un minúsculo rincón, oculto. Enrollado, qué pequeño aparecía. Estirado, lo ven, lo ocupa todo. Es esto lo que ha ocurrido una vez más: un ovillo de oro se ha desenredado dentro de un...

Las semillas

Julia me llama por Instagram. El video va y viene junto a la señal y deja ver su rostro desencajado y brillante, a media pantalla. Está despeinada y toma vino de una copa cara, distinguida, bajo una luz ambar de sol artificial. Un pequeño palacio, y ella reina abeja, reina hormiga. Se acomoda los rulos para un lado, vuelve a girarlos para el otro. Necesitaba hablar con una amiga, nada más , dice con voz metálica y mira al cielo de cielo raso de su panal. Y se corta, se interrumpe. Y vuelve a llamar una vez más. Se ve negro. Y luego reaparece, reina abeja en su panal. La miel de vida que chorrea por su costado es de oro, y se pierde lenta en sus escamas. Es por eso que es grumosa, se le tapan los poros, endulzada, hace fuerza de escamas para nadar sirena, y salir. Baja y sube a la superficie, sube a respirar, nada más.   Habla en un idioma acuático indescifrable para mi tierra, pero hago un esfuerzo por entenderla y otro esfuerzo por disimular la verdad de que no entiendo el idio...

Pequeños milagros

Pequeños milagros. Amanezco en una cama ajena junto a mi hermana, el calor de enero y un gato León, a sus piernas tendido. Una chinche verde y sonora revolotea sobre las cortinas gastadas. Entra el sol suave de las diez y el calor pega las sábanas sobre la piel de los pies. Respiro el aire del año nuevo puro, lo lleno de aliento para inundarle algo viejo, el aire mío, puro. Bajo de la cama y veo a mi hermana dormir como una sirena, como una silueta envuelta en una belleza que es simplemente, con los brazos en V y los ojos cerrados sin apretar. Sueña un sueño suave y yo la contemplo del mismo modo -y de un modo nuevo- que cuando dormíamos juntas en el noveno piso. No siento una pizca de nostalgia, soy pura esperanza, me arrojo a la vida nueva con la misma soltura con la que bajo los escalones de una casa ajena y antigua que no me pertenece y sin embargo, de algún modo mágico e inexplicable, soy su dueña. La madera de la escalera es lo más suave que pueden tocar las plantas de mi...