Las semillas

Julia me llama por Instagram. El video va y viene junto a la señal y deja ver su rostro desencajado y brillante, a media pantalla. Está despeinada y toma vino de una copa cara, distinguida, bajo una luz ambar de sol artificial. Un pequeño palacio, y ella reina abeja, reina hormiga. Se acomoda los rulos para un lado, vuelve a girarlos para el otro. Necesitaba hablar con una amiga, nada más, dice con voz metálica y mira al cielo de cielo raso de su panal. Y se corta, se interrumpe. Y vuelve a llamar una vez más. Se ve negro. Y luego reaparece, reina abeja en su panal. La miel de vida que chorrea por su costado es de oro, y se pierde lenta en sus escamas. Es por eso que es grumosa, se le tapan los poros, endulzada, hace fuerza de escamas para nadar sirena, y salir. Baja y sube a la superficie, sube a respirar, nada más. 
Habla en un idioma acuático indescifrable para mi tierra, pero hago un esfuerzo por entenderla y otro esfuerzo por disimular la verdad de que no entiendo el idioma. Nos comunicamos por videollamada cada una desde su planeta, del cual compartimos el anillo de oro de alrededor que nos envuelve mientras flotamos y giramos. La escucho y no entiendo, y por eso la amo, con locura, con amor de prima, con amor de hermana. De sirena a sirena, y ahora soy yo la que mueve el lacio pelo para un lado, para el otro, me recuesto en el sofá y estiro los pies de cabra, piso, levanto, y vuelvo a pisar, con las pesuñas, el suelo del parquet mientras nos veo a la distancia y cerca, brillantes, por una pantalla.
Ella continúa su relato ininteligible, mientras yo degusto cada uno de sus gestos como si viera una película real y hermosa, un soliloquio de verano, fresco y magnético. Mira hacia el cielo como si las palabras que va a usar a continuación estuvieran suspendidas en el aire y ella las fuera descolgando de una soga para emplearlas en su discurso: ahora ésta, ésta no, mejor ésta…Y en el medio hay pausas. Y cuando empieza a hablar del tema por el cual dijo haber llamado es que aparece la verdad, traslúcida, por debajo, simple y brillando: tiene miedo. Como todos nosotros. Ha cubierto su miedo con otro traje para disimularlo pero el miedo se ha mostrado, al fin, como un bretel cuando se cae, una blusa floja, incómoda, que se resbala, por fin, y deja ver la piel de la verdad, al descubierto, para mostrar simplemente lo que es, lo que no se envuelve. E ilumina al salir, como siempre. Cruzando el puente es que se avanza, dándole un nombre al miedo en cada paso, atravesando el umbral. Así es que pierde su halo, su fuerza magnética de imán que nos retiene por dentro.
Entonces la mujer se suelta, se vuelve niña, olvida los rulos, el peinado, la copa, y pide ayuda, sin más. En el fondo del mar se reúne con todas las que es, y vuelve entera a la superficie, a reencontrarse con la humana que es. La verdad la dijo desde el comienzo, necesitaba una amiga, nada más. Y niña al fin lleva su copa hasta el baño de azulejo, y dice sonriente me hago pis. Y corta, diciendo que volverá a llamar, enseguida.
Pero ambas sabemos que no será tan fácil. En su mundo acuático de algas la interceptarán posiblemente por los caminos y la guiarán Dios sabe dónde, presa de una amnesia súbita, olvidando por completo el camino anterior, pues así es el planeta subacuático al que ella pertenece.
En mi planeta de tierra me dedico, mientras tanto, a trasplantar pasionarias a la medianoche. Lo sé sin mirar la hora. Que es medianoche. No sé ya de rutinas ni de relojes. Me acoplo al tiempo de las plantas de mis balcones y sus orugas, las futuras crisálidas de mariposas longevas, mis queridas monarcas y espejitos. Y con las manos en la tierra, negras las uñas rojas, vislumbro en el recuerdo a la sirena, la hormiga reina que no volvió a llamar. Por hábito y por amor, pregunto, entonces, si se ha dormido. Y Julia miente, como si hiciera falta, como toda actriz a quien le gusta manipular la verdad, recrearla, y que aún así siga siendo cierta. Ha vuelto a su sueño, subacuático y profundo, hasta su próxima visita, a la superficie. 
Miro la ausencia de luna por la ventana y me doy la orden del sueño. Las semillas, pienso, de todos modos, las voy a plantar mañana.

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