La mujer errante
Una mujer nos esperaba en la puerta, de pie junto al umbral, y sin embargo, no era la dueña de casa. Su aspecto era errante: una mujer perdida, una niña que ha crecido sin saber cómo y hoy, ya adulta, toca una campana a las puertas, sin saber cómo entrar o salir. Sin saber cómo atravesar el umbral.
Sentada desde el auto pienso que es ella, es Ana. Nunca la vi, pero el relato sobre su entrada a la locura lo escuché muchas veces, incesante, asombrada, con el temor de aquello que nos muerde los talones. El tiempo, la locura, el no saber cómo expandido, llevado a un extremo tal que es un destino, el de alguien que se pierde y llega a las puertas de una casa a tocar las campanas porque eso es lo que sabe, el resto lo ha perdido, detenida o en un movimiento distinto, sobre el umbral. Ese alguien que puede ser uno, siempre. Y entonces el relato se escucha azorado, con un rezo simultáneo y bajo que clama protección, siempre sin saber qué decir, torpe en las palabras, el temor en la punta de la lengua, inmovilizando. La locura es un espectáculo al que se asiste azorado. Julián, de esta forma azorado, detiene el auto, y lee en voz alta el número de la calle, tratando de entender lo que hace aquella extraña mujer en nuestra puerta, extrañando la visita al campo, incomodando el domingo con la crudeza. Julián comprueba la dirección y aún así afirma, dice sin decir: hay una loca en la puerta, este no es nuestro destino. Hemos de estar equivocados es lo que dice, pues las puertas de la casa a la que vamos -quiere creer Julián- las abre gente par, afín, sin locura, la locura afuera, se queda en la puerta, toca las campanas, suena, sí, pero lejos. Las campanas siguen sonando y yo permanezco inmóvil, enmudecida: estoy observando a la mujer en otro tiempo paralelo que viaja de mi mente al pasado y vuelve al presente, en una película móvil, nostálgica y a la vez desconocida. Calculo rápidamente su edad; la hacía más joven. Debo de haberla congelado en la edad del relato cuando éste llegó a mí, por cercanía, por espejo, los talones, atrás; pero mi mente, ágil, no se distrae, sabe convivir con los monstruos del espanto mientras hace las cuentas, calcula los números, observa sus rastros. El perfil aguileño, el rostro de su madre que vive en ella, la pausa en sus movimientos, esa rigidez particular de la locura medicada, adiestrada con químicos, contenida por dentro. La locura suspendida y en su lugar algo parecido a la ausencia; un brillo lejano de la esencia sin juicio, sin salud ni enfermedad, la pura esencia. Es ella, afirmo en soledad, para mí. Es Ana, la pintora, la que vivía con su novio y cumplía treinta años de edad cuando partió hacia aquel lugar sin retorno, impensado, transformando el relato de una familia humana más, otra más de la red, de la compleja trama, de la que somos parte y tejido. Azorada, como parte de la gran familia humana que soy, susurro que es ella, y lo que digo en voz alta es que, efectivamente, el número que indica el portal es el nuestro; es correcto y significa ser parte: compartir la mesa con la locura, acunar los miedos, desnudar los talones y rozarlos junto a las brasas del miedo, hasta perderlo del todo, o simplemente encontrarlo y abrazarlo, abrasarlo; una vez más, comprender sin comprender. Es entonces cuando la puerta se abre y Nora, ahora sí, la dueña de casa aparece, baja, en el umbral; besa a la mujer errante, le sonríe, la abraza. Julián, el veloz, reacomoda rápidamente su máscara y estaciona en una maniobra mientras comprende. Todos comprenden y dicen ahora sí en voz alta que es allí, naturalmente, es el 221 y ésta es la calle, y con las máscaras puestas descienden del auto fingiendo total soltura mientras los ojos se deslizan, naturales, hacia Ana, la hija, hacia Nora, la madre, dulcificada quizás por Ana, tal vez sólo por recibirnos. Todos cargamos entonces las botellas, los salames, los quesos. Las simples cosas concretas que nos devuelven el sentido, nos albergan con sus texturas, sus bordes, con sus imaginables sabores. Yo bajo el queso, vos los vinos, las mantas. Un equipo concreto resolviendo tareas simples, posibles, con las manos. La mente puede entonces ocuparse en las bolsas tangibles, pesadas, livianas, el plástico en las manos, el olor del baúl, el sonido de una puerta que se cierra y otra que se abre, para pasar, por fin.
Nadie dirá lo que pensó; nadie dirá nada sobre Ana. La miraremos con temor y pena, llenos de amor algunos, de temor otros, de ambas sensaciones, en lo profundo, todos. No nos miraremos entre nosotros, los sostenidos apenas, de este lado, hilvanados con mismos hilos, misteriosos y frágiles.
Entramos a la casa que es ante todo un jardín, cubierto de vivas plantas, hermosas, un verde jardín. Nora abre su casa, dulcemente, porque lo sabe. Aquel interior es cálido y alegre, con un detalle envuelto en otro. Vive allí un talento expuesto en distribuir objetos, casi tangible. Un verdadero don decorativo-espiritual, un saber antiguo en distribuir y combinar la elección de los colores, vibrantes, vivos, cálidos, blancos. Sólo un elemento resulta disonante en aquel ambiente luminoso; sobre la pared, encerrado, un fuego. Una salamandra negra empotrada dentro de una pared blanquecina, detrás de una puerta de vidrio que encierra vivas llamas mientras quema troncos y maderas con hambre voraz, incesante. Resulta extraño, inquietante allí, capturado. Aquel fuego frenado por un vidrio, interrumpido por una pared de arena fija, metido en una caja, guardado, dentro.
Hay un porqué, siempre, que no se deja ver, pero ostenta algunas pistas como mojones, aquí y allá, invisibles casi. Algunos mensajes, que no explican nada porque comunican en un idioma que nos es ajeno, y sin embargo, nos pertenece. Mi irremediable don es ese, el de mirar viendo, aquello que se esconde, la sombra envuelta, el fuego oculto en la pared.
Por lo demás todo es armónico. Suena una música suave, brasilera, cercana y ajena, que envuelve inmaterial nuestros cuerpos distribuidos junto al ventanal, al hermoso jardín. Apoyo las bolsas sobre una mesada de madera desnuda, corrugada e impoluta a la vez, y bebo del rojo vino como un regalo mientras la mujer de Julián corta los panes y ambos, sagrados, anuncian su embarazo como un canto, al unísono, un coro de dicha y esperanza que me emociona hasta las lágrimas sin conocerla siquiera, porque la vida es el bien más preciado y hay otra en camino, y punto. Y se me caen los panes, y nadie los junta, excepto Rosario, la niña que entra y los levanta como juguetes a ordenar, sin prisa. La niña, nueva, lleva el nombre de mi madre, vieja, y atraviesa el umbral de la puerta llena de vida, con un vestido de infinitos colores y un padre a cada mano. La madre, actriz, con voz clara y audible, alude orgullosa a sus colores. La he vestido para la ocasión dice, como un texto de una obra naturalista, liviana y alegre. Han venido al campo. Todos vinimos. Un destino común. En torno a Ana -que mira desde lejos pero cerca, observando la escena y los panes con idéntica distancia, y esa luz, posada en sus ojos- repartimos los regalos tangibles. Abrimos las bolsas, distribuimos las botellas que más tarde se irán vaciando. Ana, con collar de perlas y perlados dientes, toma gaseosa como agua bendita, pues el vino no es amigo de los fármacos pharmako, cura o veneno, otro antídoto para intentar curarse del propio. Se sirve de una botella plástica y la ofrece mientras corrige como algo de importancia la palabra Levité en lugar de Aquaruis. Aquarius dice, por convocar la verdad, simplemente, y su sonrisa se asoma como un pueblo de dientes amables, amarillentos y cálidos, una boca llena de amor, como sus ojos.
Hay algo en sus ojos, quizás la dulzura -hermosa obsesión- de su madre que brilla en su rostro, y los ojos de mi madre que de algún modo común también viven allí, como un reflejo probable de la rigidez que provocan las medicaciones sobre los cuerpos, o el vidriado de los ojos cuando el alma está pero a la vez se ha ido y mira a través de esas ventanas opacas, traslúcidas, desde la lejanía aún a nuestro lado. Hay en ella un rayo de luz extrema que ilumina desde adentro un profundo dolor, tan antiguo y humano que pareciera no pertenecer a aquella mujer -ni a mi madre ni a ella- a ninguna de las dos, sino excederlas, por completo. Portantes de aquel peso. Dolores infinitos. No hay phármako que pueda contenerlos, y si hay es el amor que cura sin curar, porque no distingue enfermedad, sólo incluye, bajo un manto, el todo.
Sonreímos, y hacemos bien, porque la reunión que nos convoca allí en aquella casa es un festejo. Hoy el teatro está cerrado, y la tragedia no tendrá lugar sobre el escenario ficcional, sino que se asomará suavemente de este lado, incluyendo sabia con ella, la dicha, y por eso hay festejo y es cierto. Sobre el pasto, un perro blanco juega junto a un gato negro, otra vez los mensajes, junto a la mesa de blanco mantel, bordado, tendido. Sobre ese mantel Nora apoya los vinos manchando apenas de cenizas las telas; Julián descorcha otra botella vidriada de nuestra colección, y Ana, dulce faro en silencio, come papas, casi exclusivamente, hacia un rincón, oblicua, casi caída. No toca los pedazos de carne de sangre chorreantes que pasan a su alrededor. Echa oliva a sus papas, hermosamente cortadas, dispuestas en un plato igualmente hermoso, donde reposan las furtivas papas blancas que Ana come sin prisa, mientras los demás devoramos, carnívoros o veganos, nosotros que junto a ella bien podríamos llamarnos el resto de los mortales.
Luna la gata, negra y pequeña, maúlla y se desliza entre mis piernas buscando el calor y el cariño con unos ojos inyectados de misterio, pequeñita y hambrienta; el amor que ostenta es a todas luces alimentado por el de su dueña, de quien me he enamorado, en silencio, y la contemplo con pudor, como todos, con todo el amor que contengo, con el profundo respeto que inspira quien ve más allá y no vuelve, quien se ha ido por un saber y en el camino, con coraje, dulcemente, inocente, se ha perdido. Por conversar, suave, le pregunto por la negra gatita, aunque sé sin saberlo que aquella gata es la suya, y ella asiente, y agrega, mi gran compañera. De siempre, dice, y la palabra sale de su boca y flota sobre el mantel como un mensaje imposible de descifrar, y sin embargo posible. La palabra comienza y termina, y alude, fugaz, a algo eterno. El don de Ana es ese. Allí está su mensaje.
La tarde pasa apacible entre nosotros ya que es una de esas reuniones tan agradables en las que no hay temas precisos de conversación porque lo que se intercambia es de otro orden, y circula con una sencillez tal que viaja profunda en el rojo del vino, en el calor de las brasas, en la espesura del pasto, en la blandura del pan. Y en los niños, que juegan y ríen sobre el pasto, cayendo y levantándose, cayendo y levantándose.
Hay varias madres. Muchas actrices. Y luego mi hermana y yo. Las sin descendencia. Hay un porqué, siempre. Pero ese es otro relato. Rosario la niña y mi hermana la mujer inventan un juego sobre las bases de unos árboles cortados. El juego consiste en cambiar de lugar. Intercambiarse los árboles, las bases, veloces. Salir de uno y atravesar el jardín buscando a un otro. Conquistar un territorio nuevo, en este caso, otro tronco, un árbol antiguo, talado, algo muerto, sí, pero con futuro. En el camino, otra niña, Alma, se suma a aquel juego como quien se lanza a un lago helado en caluroso verano, de lleno valiente y dispuesta. El riesgo existe; en la trinidad alguien quedará afuera. Mi hermana es clara y ha puesto las reglas, las suyas: quien fracase en su intento y no conquiste su árbol-territorio deberá zapatear incesante bajo la sombra de un vivo árbol que bifurca con su grandeza el espacio del juego. ¿Quién gana entonces? Sin duda la del zapateo creo yo, bajo el árbol sin cortar, libre sobre el pasto en contacto. Pero los juegos son confusos, aunque las reglas sean claras. Mucho más los triunfos, siempre personales; imposible que ganar sea lo mismo para todos. Llega mi turno en el juego y me despierta del sueño solitario del pensar, mi hermana me incluye una vez más para que ingrese al mundo social y salga del solitario soliloquio en el que me acurruco sin cesar. Y vuelvo. Otra vez, estoy con los otros y corro sobre el pasto; reemplazo a mi hermana como si fuera una extensión. Se instala en el jardín el absoluto placer del intercambio, el amor real por el movimiento, el incansable deseo de descubrir y conquistar un territorio distinto. Hasta que pierdo o me dejo perder que es lo mismo, y zapateo bajo el árbol libre y Dios si gané y por eso sonrío. Agito una pollera de flores invisible que cubre mis piernas como regalos nuevos mientras las niñas trinidad ocupan sus lugares, cada una en su árbol, yo en el mío. Todas descalzas, cubiertas de azahares, de azares.
Ana, por fin, reaparece, el juego la ha excluido pero ella es el juego, el azar se ha posado sobre ella y una cruz la ha señalado. Cargandola cruza el jardín con su sonrisa como una blanca sombra alargada. Es ella la que lleva la falda, y de verdad tiene flores. Lleva en sus manos una bolsa de tela con finas ramas que asoman secas, y arrastra hacia el centro del espacio un negro y reluciente brasero. El fuego continúa, nos persigue su mensaje. Lo no dicho se hace presente cuando Ana enciende las ramas en el brasero, arroja un papel con letras pequeñas que desaparecen al instante y dejan en su lugar una poderosa llama anaranjada y profética. El juego es interrumpido por la magia de un fuego que nos hipnotiza y alcanza. Entonces todos descuidamos las reglas, sus distancias, olvidamos las leyes, los territorios, nos incluímos en círculo, nos devolvemos al fuego. Imitando los movimientos de la mujer de la falda alzamos las manos para recuperar el calor, el antiguo, aquel que Ana porta en sus ojos, en sus manos que abre mostrándonos cómo, mientras arroja más leña al fuego común que nos reúne.
Hay un porqué. Phármako. La cura conjunta, frente al fuego, conjura.
Comentarios
Publicar un comentario