Augurios
No tendría que haberle hablado del perro. Nunca. Por qué lo hice. Ahora cada vez que escucho a ese perro me veo tendida en una cama sonriente, aullando, desnuda, entregada a la vida en un intervalo de ensueño, abierta de par en par. Aullando sonriente. Imitando a un perro desnuda sobre sábanas blancas, con el pelo enmarañado, un nudo tras otro, pelo en hebras, enrojecido de pura pasión. Acomodo un plato en la cocina y el perro aúlla, y el sonido me saca de la vida ordinaria para llevarme a la extraordinaria existencia, esa que no puede sostenerse todo el tiempo, esa que aparece de a ráfagas como una tormenta y nos parte e ilumina y deja a oscuras.
Pasar una esponja, apretar un pomo, ver salir una burbuja: eso ayuda, porque ésta flota y avanza sobre el aire sostenida por una magia que se parece a la magia de los cuerpos tomados en aquella cama. La burbuja se parece a la mujer que aúlla y danza, con el pelo suelto enmarañado, vuelto algas en un mar de sábanas. Tengo guantes naranjas: el color también ayuda, incluso la textura, la goma, el sentir la goma sobre las manos. El color naranja. Bien. El perro enmudeció, por fin. Dios mío, no sé que me causaba antes de contárselo, ahora parece imposible, pero antes de nombrarlo de ese modo frente a él, frente a mí, frente a esa mí tan nueva, tan abierta y brillante -parece imposible-, me causaba una infinita tristeza, una impotente compasión. Un perro que aúlla al que no se alcanza a ver adivina un encierro. La voz cantada de un animal que reclama una injusticia, un afecto, un humano que o no está o no nos ve, o está detrás de una puerta. Y hablo de mí. Y el perro vuelve a aullar y dios mío, se me caen las tazas de las manos. Quedan sucias de restos de café porque ahora, ese aullido, es un recuerdo del amor. Simplemente. Ese perro es ahora el Amor.
Pasar una esponja, apretar un pomo, ver salir una burbuja: eso ayuda, porque ésta flota y avanza sobre el aire sostenida por una magia que se parece a la magia de los cuerpos tomados en aquella cama. La burbuja se parece a la mujer que aúlla y danza, con el pelo suelto enmarañado, vuelto algas en un mar de sábanas. Tengo guantes naranjas: el color también ayuda, incluso la textura, la goma, el sentir la goma sobre las manos. El color naranja. Bien. El perro enmudeció, por fin. Dios mío, no sé que me causaba antes de contárselo, ahora parece imposible, pero antes de nombrarlo de ese modo frente a él, frente a mí, frente a esa mí tan nueva, tan abierta y brillante -parece imposible-, me causaba una infinita tristeza, una impotente compasión. Un perro que aúlla al que no se alcanza a ver adivina un encierro. La voz cantada de un animal que reclama una injusticia, un afecto, un humano que o no está o no nos ve, o está detrás de una puerta. Y hablo de mí. Y el perro vuelve a aullar y dios mío, se me caen las tazas de las manos. Quedan sucias de restos de café porque ahora, ese aullido, es un recuerdo del amor. Simplemente. Ese perro es ahora el Amor.
Y con cuidado, porque hablo del Amor nuevo, ese que nos excede, que no es el otro, sino una fuerza roja que se eleva como un volcán y nos supera hacia arriba, hacia abajo, hacia todos los costados, sobre una verde pradera una lava naranja, que abrasa y quema pero no destruye, llena de vida, y plasma los recuerdos en las imágenes más simples, como sobre una tela en la mente extendida. Las sonrisas, los cuerpos, lo sagrado, lo salvaje. Los brazos. El color del pelo. El olor del pan.
La levadura del sudor.
No quiero ni imaginar si esto sucedió con el sentido de la escucha lo que ocurrirá cuándo perciba el olfato. ¿Por qué lo dije? ¿Por qué tuve que decirle que huele a pan? Esa manía de nombrar lo innombrable. Ese poder del verbo, implacable, que emite y avanza, y una vez dicho, no vuelve, o vuelve pero ya ha viajado, marcando el camino.
Silencio en la cocina. Por fin. Sin aullidos. Puedo volver a las tareas simples, sacar un Cif, una franela. Naranja. Colocar frascos en una alacena. Pasar un trapo sobre una superficie mojada para luego verla seca. Servir el agua de una botella. Abrir la heladera. Encender un gas. Hasta el próximo asalto: la ducha tibia, que es su culpa, y los chocolates que esperan ser devorados, y la botella de alcohol guardada para compartir. Esa manía de compartirse, de darse, sin más. Pero una nueva manera, en la manía tan mía una sorpresa. No sé como es, de tan novedosa. Cómo se hace. No tiene forma, porque se está creando, pero tiene su rostro como una estampa, como un faro, porta una luz que nos excede. Hemos abierto un portal, sin quererlo, y estamos hermosamente presos y libres, al otro lado de un muro que aún se eleva y es de piedras, llenos de luz, flotando en el espacio. Hay resistencias, como siempre, la resistencia de los hombres de tirarse al mar, soltar amarras. Pienso en los obenques, sólo como una excusa para nombrar esa palabra hermosa que comprendo a la perfección sin nunca retener, sin embargo, exactamente, el objeto al que representa. Y el perro, otra vez, que vuelve, y sus aullidos. Un canto dulce que duele, y recuerda, ahora el todo, el dolor y la dicha, entremezclada. El perro aúlla y yo hago lo propio pero por dentro, para que alguien le abra la puerta, lo saque del encierro, le ofrezca humanamente lo que puede, que es el mundo.
Y el perro se calla. Y luego ladra, que es distinto.
Augurios.
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