Rumbo al sur
Subo al avión. Llegué temprano. Esperé mucho. Me anticipé. Tomé café y me encontró un texto sobre la antimateria: el Amor en un intento de ser explicado por la física cuántica. Todo hoy me hace sentido. Desde la magia, en la sincronía; incluso la ciencia.
Antes de salir de casa doné mis frutas. Dejé un huevo roto en la ventana, en su cantero, sobre el viejo nido de las torcazas. No lo tiré. Lo dejé cumplir su tarea que a mis ojos es: dejarse ver por mí, cada día. Ya habrá tiempo. Y además no estaré en las ventanas. La oruga, en su crisálida, bajo el cielo raso. Al volver, si todo resulta bien, la encontraré vacía, y en su lugar recortado una mariposa ocupará el mundo, lejos de casa. Con ese fin, en la cocina, la ventana quedó abierta, de par en par. Una hoja, para el nacimiento. Son mis tareas sagradas, pequeñas, que me traen de nuevo al mundo real, el de la naturaleza y sus ciclos. Son el milagro de mis ojos, que ven siempre lo que se muestra ante mí, con simpleza. Corrí cortinas y, antes de cerrar puertas, tiré una carta sobre la mesa. El 10 de espadas. Leo en ella el fin del dolor. El 10 de Capricornio. La espada de la mente. El final del conflicto y una luz tenue a lo lejos que se asoma tímida pero iluminando por sobre un cuerpo cubierto de espadas. Es el fin- pienso. Basta de espadas. Las saco una por una, las mías y las de antaño, las que no me pertencen. Y brota una sangre tibia y espesa, hasta que se corta.
Árnica es lo que tomo como antídoto del pasado, la rodilla izquierda que gime todo lo que mi cuerpo sabe y calla, el dolor maternal ancestral contenido, Gaia que soy, MadreTierra, por mujer y por luna, me bendigo. Sueño con mi madre luminosa y joven, al fin, pienso: ha llegado mi cura. En el sueño mi madre habla y goza. Ella soy yo y yo soy ella. Y si ella se ve feliz es porque el sueño me refleja. A pesar de todo, siempre el a través. Arde mi corazón en llamas de sentir. Siento mi corazón y esa es la buena nueva. La infinita dicha que siento, aún cuando lo que porte sea pena, siento a mi corazón, y es de fuego lo que late. La corta noche que pasé, con una mano perdida en un cuenco, el de otra mano, apretada. El despertar con el miedo. Siento. Y eso es oro.
10 de espadas, 10 de la mañana. 24 C es mi asiento, y estoy sobre un avión que aún no despega.
Me acomodo paciente en mi asiento mientras dos brujas adivinan mi partida. Al unísono, los teléfonos. Dos hadas rojas bendicen mi partida. Viajo tranquila, soy de la Vida -pienso-. Le pertenezco.
Y ocurre entonces lo inesperado. Antes de emprender el vuelo, dos niños llegan de la mano de una siempre impecable azafata -la especie entera en aquel brillante ejemplar, impecable siempre-. Los niños pasan por arriba de mis piernas, uno rubio, otro morocho. El claro salta sobre mi pierna y moja de llanto mis piernas. Son lágrimas las que manchan mi pantalón. Me dejan muda, observándolo -hasta el final de este viaje. El niño me mira con toda su inocencia, de modo veloz, se disculpa. Yo asiento apenas, con un gesto, y ya quiero abrazarlo y decirle con voz calma y sencilla, que todo estará bien. Pero aún no es tiempo.
La azafata da un discurso privado, un espectáculo exclusivo de prevención y cuidado. Nombra la muerte, sin nombrarla. Habla hábilmente de la caída, sin darle un nombre. Y el niño estupefacto. Nombra en cambio: salvavidas, aire y asiento, bolsa plástica, tobogán, el mar, un soplido. La mujer, por fin, nos deja solos, y yo ya muero por darme a conocer. Comprendo, aún sin saber, cuál es mi misión. Saludo airosa y sonriente, doy mi nombre como un primer reparo en la tormenta de aquel niño que llora junto a otro niño. Los niños viajan solos. José, niño claro; Ezequiel, el confiado, viajan solos, y brilla en sus muñecas un plástico azul que los protege o cubre con aquella categoría: niños solos. Pero yo soy mi misión, y la cumplo honrosa. Digo mi nombre como una luz, que para algo me la han dado, y confirmo a través de las palabras lo que ya sé: José sufre de un miedo atroz, el de las alturas. No tener los pies sobre la tierra, dice aquel niño sabio, mientras llora, sin esfuerzo. Le alcanzo mi mano sumada a la sonrisa en los ojos que le sostengo como un bastón, también yo, sin esfuerzo. Hago uso de mi don más preciado de la compasión, y lo invito a que tome mi mano con mi voz. Lo hace sin dudarlo. Y juntos, de la mano, ahora si, tomamos vuelo. La mano aferrada, el corazón expandido. El amor infinito nos visita, en este caso, por este niño que teme y esta mujer que lo asiste con ternura, como una madre de todo lo viviente, con simpleza. Me veo reflejada en un espejo chico y puro; un hermoso espejo del miedo.
Ezequiel, en cambio, saca fotos, sin flash. Sin miedo. Abre la ventana y a cada acción es que José sufre y ruega. No quiere que las nubes le confirmen lo que su cuerpo adivina; que flotamos en el aire a millares de metros sobre el nivel del mar y de la tierra.
José, dulcísimo, con lágrimas en los ojos color del mismo cielo que tanto teme, sigue sujetando mi mano como un rosario de huesos, y encuentra mi amor, que lo sostiene, a él, y a mi misma, mientras mi tamaño rebalsa de pronto el envase de mi cuerpo, expandida, por el amor brindado a otro. Laberinto cuya puerta de salida es idéntica a la de entrada.
El avión aterriza, y la escena se repite, ya sin lágrimas. El rosario de huesos vuelve a pulsarse, incluso con más fuerza, con más confianza. Soy tomada y tomo con manos de madre a un niño que es todos nosotros; los temerosos. Me ayudo con él a acoger el miedo en mis brazos, a hacerle lugar, como en un cuenco, el de mi mano, hasta tocar el corazón y sólo entonces, perderlo.
Le pertenezco a la Vida, eso es la entrega-pienso; entonces vuelo.
Rumbo al sur.
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